
Acabo de leer un buen libro.
Se lee como una autobiografía. El narrador nos introduce en su familia de origen, pero muy en especial en la relación con su padre. El protagonista hijo de abusos y malos tratos necesita desprenderse de todo el dolor consecuencia de la violencia que ha vivido y todavía supura. Una de las veces lo expresa así. “Un tatuaje emocional y físico que nadie ve, pero yo sé que está ahí para siempre, que quisiera arrancarme, que me hace sentirme una babosa, un vómito, una persona limitada y deforme”
Empieza la novela expresando una obsesión que le persigue, quiere matar a su padre y no en la ficción de una novela y lo ha pensado tantas veces que ha agotado la imaginación de como matarle. Pero “Mi padre aún vive”. “Se reproduce igual que la hierba salvaje, Se hace fuerte en lo adverso. Ese es mi padre: mala hierba que crece en cualquier sitio de mi cuerpo tembloroso, apoderándose de mí” Y sabe que matando a su padre no se libera del monstruo que ya le habita dentro, ni de su influencia, ni de su sufrimiento.
Y, ¿quién es este padre?, un sujeto narcisista, psicopático, impulsivo y violento. De puertas para afuera un persuasivo y encantador buscador de admiración, y de puertas para adentro, “el dedos de morcilla” así le nombra, es un depredador, un tipo cruel que disfruta con la humillación y en convertir en nada psicológicamente, en desintegrar a aquellos próximos con los que se relaciona. “Él se creía Dios. Eso pienso”
Y, tu madre era peor, le dice su amigo, os echaba al perro de presa que era tu padre. Para ella su marido está por encima de sus hijos y de ella misma. Hijos que tira como carnaza al depredador del marido, hijo al que culpa cuando su marido le da palizas a ella o a los hijos.
Padre y madre no son padres. Por desidia e irresponsabilidad viven todos en el caos y la mugre, en espacios que la grasa les engancha; los niños buscan que comer en una nevera vacía y a veces la abuela les lleva algo caliente que poner en las tripas, mientras los padres continúan durmiendo hasta bien entrada la tarde, resarciéndose una vez más de una noche más de juerga, sexo violento, alcohol y todo tipo de drogas.
Cómo os decía se lee como una autobiografía, valiente todo y que no sé donde acaba el autor y empieza el narrador. El libro podría titularse Los sin nombre, puesto que ni protagonista, ni padre, ni madre, ni abuela, ni tías lo tiene, solo algún amigo o exnovia. Sabemos como se llama el protagonista por la cartilla de escolaridad, ¿adivinas el nombre?
La novela tiene muchas capas y pliegues, aborda muchos temas. Podemos leerla también:
- Como una crónica social: la Málaga (y por extensión la España) inculta de la transición, que traspasa de la represión no a la libertad sino al libertinaje, sin madurar, colocada en el hedonismo en exceso donde habitan los padres.
- Como el miedo como protagonista, el miedo a que el miedo no se vaya nunca.
- Como que la escritura es el tema central de la obra y tiene como cometido exorcizar el miedo y abrirse paso en el agujero negro que es su vida.
- Cómo el silencio de un entorno que es cómplice de la violencia.
- Y la transmisión de una herencia que no es genética.
De estas tres últimas os quiero hablar.
Escritura como un modo de exorcizar el miedo.
“Escribo sin una hoja de ruta. Sin red, con miedo. Como si estuviera en el epicentro de un tornado que fuera desgarrando fragmentos de lo que soy, de lo que he sido”
El escritor necesita enfrentarse a su padre y cómo no se atreve a verle ni a hablar con él lo hace escribiendo, hurgando en la memoria. La escritura es en este libro como un ente vivo que avanza y retrocede feroz, retorciéndose en los recovecos de la memoria. Como el monstruo que siente que le habita. Detiene la escritura cuando sus padres se iban a casar para no ser concebido, también cuando su nacimiento en la narración podría coincidir con el nacimiento de una de sus hijas. Se detiene y retoma. (Dos libros circulan en paralelo, el que os cuento y el que ha prometido a sus hijas escribir para ellas).
Necesita encontrar explicaciones, rellenar huecos, escribir para pasar página,” Huir de esa habitación de espejos sucios donde estoy atrapado”, pero sobre todo escribir para encontrarse. La identidad como búsqueda, cómo construcción, para comprender y transformar.
No de un modo plácido sino con mucho sufrimiento y dolor, la impresión es que el narrador y/o autor logra con su escritura avanzar. Una muestra es que su narrativa no es la misma al principio, punzante y obsesiva, que al final del libro, más reflexiva y profunda.
Y, ¿Qué escribir?
Empieza este libro el primer aniversario de la muerte de la madre. (¡Habla de casualidad!) Y para hacerlo deberá convertirse en un investigador de la historia de su familia y por ende de la suya, al tener pocos recuerdos ya que se obligó a desterrarlos.
Son protagonistas de este viaje la memoria y el olvido; el rencor y el perdón. Nuestro narrador representa la búsqueda de la memoria, su abuela y hermano el olvido: “Ella rehuía hablar del pasado, le desagradaba, como si temiera despertar un monstruo que iba a manifestarse en el presente para llevarse a sus seres queridos”, “Ahora es ahora y antes era antes” y en relación con su hermano: “…le han diagnosticado una enfermedad crónica rara llamada esofagitis eosinofílica. Ya antes tuvo…” las emociones que no se gestionan psicológicamente el cuerpo se encarga de engullirlas.
Las técnicas narrativas se utilizan en terapia. Las funciones son muchas, desde promover el autoconocimiento, ayudar a tomar conciencia, elaborar traumas, para ayudar a integrar, como catarsis…
Cómo el silencio de un entorno es cómplice de la violencia
“…recordaba a mi abuela diciéndome que no debía tener esos pensamientos, que era mi padre, como si con eso tuviera todo el derecho sobre mí”
En la búsqueda detectivesca de su pasado asoma, aunque creo no se explicita, conocer cómo desde fuera percibían o no lo que estaba sucediendo, quién podía o no estar al tanto del abandono en el que vivían y de la violencia que el padre desplegaba en ellos.
La abuela materna les va a veces a limpiar la casa, a poner un poco de orden, les da un plato caliente a los niños y sabe de la violencia en la que todos viven. Para ella, no obstante, el sagrado compromiso del matrimonio está por encima de que su hija pueda morir asesinada por su marido, y en los momentos de crisis de la pareja la invita a volver con él.
Los abuelos paternos para controlar a su hijo envían a vivir a su hija, la tía de Madrid, con ellos. Tía y madre duermen juntas y cuando llega el padre por la noche la tía se va a otra cama. Un día que la madre no está el padre intenta violar a su hermana, y a partir de este momento desaparece de la vida de ellos.
La violencia es como un incendio que no se detiene sino se le apaga, sino se le ponen cortafuegos. La violencia se expande como una mancha de tinta en un papel secante. Lo más grave de la violencia es que está demasiado normalizada, y todos somos cómplices.
La transmisión de una herencia que no es genética.
El abuelo por parte de madre era bueno, excepto cuando bebía, que entonces si le ponía la mano encima. “Había que comprenderlo, no era él, era el alcohol, él era bueno, pero la bebida lo perdía…” explica la abuela.
“A mi padre le pegaba mi abuelo”. “Mi padre odiaba a su padre. Yo odio al mío. Esa es la herencia que me deja. La herencia del odio. Y la obsesión por vengar el miedo que me ha inoculado”
“Lo que me aterra es mi primera impresión al descubrir la foto: mi parecido físico con él” Foto en la que se descubre igual a su padre, “yo soy mi padre” y este es su gran miedo parecérsele, comportarse como él lo ha hecho, continuar sembrando la semilla del odio y el maltrato y ser el también un monstruo para sus hijas. Se asusta cuando con ellas pierde la paciencia, y se trabaja, psicológicamente para que no hereden sus cargas y culpas. A buen seguro lo logra.
Nos regala esta preciosa frase: “Ser padre significa oír el corazón de tus hijos”
Deseo no haber destripado con mi escrito, ni haber echo espóiler de no solo un magnífico libro, sino también muy necesario. Y si lo leéis entenderéis:
“…Sus manos en mi espalda” Después solo aviones que dejan cicatrices en el cielo. Y silencio”.
Dolors Canal